domingo, 2 de octubre de 2016

La crónica de la final del Mundial: Pellízcame y que sueñe el resto

Pellízcame y que sueñe el resto


La selección argentina se impuso en una emocionante final a Rusia después de sobreponerse a los golpes de su adversario con celeridad y demostrar que el mejor ataque es un equipo edificado con esfuerzo y constancia. El talento sudamericano se impuso a su homólogo europeo para bordar la primera estrella del pecho albiceleste (4-5). Diego Giustozzi y su cuerpo técnico obró el milagro más inesperado.


Como en un sueño eterno, embadurnados en alguna sustancia lisérgica, rodeado de nubes en el cielo, hipnotizados por un colgante de no se sabe qué mago, Argentina se montó tu propia fiesta sin haber sido invitada en primera instancia e hizo del Coliseo El Pueblo su casa y de la Copa del Mundo, por primera vez en su historia, el trono en el que permanecerá durante los cuatro próximos años. En parte, perdón, en gran parte, gracias a que Diego Giustozzi se hizo cargo de la albiceleste hace tres años y, junto con un cuerpo técnico concienciado y de confianza, construyó y unió un equipo basado en el sacrificio y el esfuerzo. Y muchísima competitividad, porque si algo ha demostrado este combinado es rendir al máximo en las peores situaciones. En la final del campeonato del mundo, ante la temible Rusia, no desfalleció en ningún momento y noqueó al equipo ruso justo en el momento justo: cuando le acababan de abofetear. 

Aunque antes había que luchar, y los primeros instantes de la final evidenciaban la poca experiencia que ambos presentaban en estas citas de tan altas esferas: las ocasiones llegaban a raíz de los nervios y los errores acaecían por errores en zonas cotidianas, como si a uno se le hubiera olvidado patear la bola. Fruto de ello llegó un disparo al palo argentino (previo robo de Cuzzolino) o una trenzada jugada de Rusia que acabó con una volea de Abramov y que rechazó un acertado Nico Sarmiento —que en ese momento sólo estaba calentando—. 

El primer dominador del juego fue Rusia, que parecía tener una mano de hierro de mil toneladas. No dejaba lugar en la imaginación y ejecutaba su plan de forma rotunda. Eran temibles, en plan en serio. Sus alternativas, en botas de Eder Lima, Lyskov, Robinho y Abramov, los convertían en armas emanadoras de miedo. Sin embargo, el primer gol llegó en una jugada sucia, embarullada...y polémica. Robinho corría la banda y pareció írsele el balón fuera de los límites antes de dar el pase definitivo donde se encontraba Eder Lima, que chutó hasta tres veces antes de superar al meta argentino. El banquillo sudamericano no protestó y se puso el 1-0 en el electrónico. La suerte albiceleste es tener un pundonor comparable a pocas selecciones y, apenas unos segundos después, otra jugada con predominio de rebotes dejó a Alamiro Vaporaki con la portería desguarnecida y el empate servido.



Con el encuentro igualado, los de Diego Giustozzi acabaron mejor el primer tiempo, hundiendo al equipo europeo en su propio campo y creando varias ocasiones. Con cinco faltas, los de Skorovich se vieron obligados a levantar el pie y, Milovanov, a 29 segundos del descanso, a meter la pierna en un lugar incomprensible (su propio córner) y a conceder un lanzamiento de 10 metros para su adversario. Cuzzolino, en un lanzamiento impecable, dio mínima ventaja a su país antes del intermedio. Y Milovanov con billete para Siberia (por lo menos). 

La vuelta dejaría a Rusia tocada y a Argentina con ese intangible que desarrolla la confianza en uno mismo, una sensación que no tiene palabra alguna en el diccionario por la simple razón de que no se describe, que se siente. Los sudamericanos la dominan, pero no quisieron abusar, por lo que dejaron a Eder Lima empatar el encuentro en otra de esas acciones que, hoy por hoy, sólo puede protagonizar él (junto con Robinho). Hasta que Argentina quiso porque, segundos después, Alan Brandi —un español de nacimiento— volvería a adelantar a los suyos. Doblemente. En menos de un minuto. Una locura. Un sentimiento indescriptible. 2-4. Una Argentinada.



Rusia, por primera vez en el torneo, estaba contaminada por la precipitación y las malas decisiones. Ninguno de sus jugadores acertaba a conectar buenas combinaciones y, cuando lo hacían, se encontraban con un gran Nico Sarimiento dibujando en su solapa la etiqueta de "puto amo". Más o menos. No fue hasta a falta de cinco minutos cuando se decidió a apostar por el juego de cinco con su capitán al frente. Y, aunque enlazaron triangulaciones con facilidad, volvía a salir Sarmiento para recordarles quién sería el Guante de Oro del torneo. Para más inri, Constantino, el otro hermano Vaporaki, ampliaría la ventaja a tres tantos a puerta vacía. 

El sueño ruso se esfumaba, como tantas veces le ocurrió tanto a nivel de clubes como de selección, y nada podía evitar la victoria argentina. Sin embargo, primero Lyskov y luego Eder Lima, desde los 10 metros, añadirían emoción a una final futsalera, como no podría ser de otra forma. Quedaban 20 segundos de emoción, el prólogo de una de las epopeyas más vibrantes en la historia del deporte: el primer campeonato del mundo de la selección argentina.



Argentina se unía a la bicefalia que hasta ese momento dominaba el fútbol sala (Brasil y España) y se ganaba el derecho merecido de ser catalogada como igual a ellas, siendo estas tres las únicas que han disputado todos los Mundiales FIFA. Un ejercicio colectivo de desgaste que acabó con una merecida victoria y la enseñanza al resto del planeta que es posible llegar a las cotas más altas. Lo importante es trabajar el talento.

Irán se lleva el bronce

En el partido por el tercer y cuarto puesto, Irán venció a Portugal en la tanda de penaltis después de remontarle un 2-0 por los goles de Cardinal. Kazemi y Javid fueron los autores de los tantos que equilibraron la contiendo y posibilitaron al meta suplente Mohammadi lucirse desde los seis metros para brindar un torneo redondo para los persas e igualar su mejor registro, que databa de Hong Kong 1992, donde fueron cuartos. 


En el capítulo de premios, el Balón de Oro se lo llevó Fernando Wilhelm, el plateado Eder Lima y el de bronce, Esmaeilpour. En cuanto a la Bota de Oro, Ricardinho se impuso con 12 goles, Eder Lima le siguió (10 goles y ocho asistencias) y Falcão se quedó en el tercer escalón (10 goles y una asistencia). Por último, Nico Sarmiento fue Guante de Oro como guardameta menos goleado. Además, Falcão fue homenajeado en los prolegómenos del encuentro por su trayectoria en las Copas del Mundo.

Fotografías: FIFA

Antonio Pulido
@Ninozurich

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